Por
Ángel Monterrubio
El
otoño era la época del año en
que se celebraban las bodas en el mundo rural. Fundamentalmente
porque es el periodo más tranquilo, me refiero
al de menor trabajo, una vez que cosechaban las patatas,
vendimiaban y preparaban la nueva sementera: siembra
de todo tipo de granos, trigo, centeno, cebada.
Además, terminado el verano agrícola,
se habían recaudado los dineros de la cosecha,
esenciales para afrontar los gastos. Se pagaban las
deudas pendientes, se hacían cuentas y proyectos
de futuro. Entre estos estaban las bodas, después
de un largo noviazgo, por supuesto con los respectivos
consentimientos paternos. Los mozos hablaban, así
se decía, por espacio de algún tiempo:
pláticas en la reja, galanteos, requiebros,
rondas. Las rondas más importantes eran la
de la última noche del año, denominada
"Ronda de las Novias" y la de la noche de
San Juan, con las típicas “enramás”.
Llegado el momento decisivo el novio pedía
a la novia de forma oficial. Lo que conocemos como
“pedida”: la familia del novio iba a casa
de la novia y allí se fijaban el concierto
de las dotes (25 duros a 30 duros antes de la Guerra
Civil). Se preparaban las publicaciones, amonestaciones,
por si había algún impedimento y el
día de la boda, que solía ser en días
de entre semana, nunca en festivos, y los preparativos
de la ceremonia y del convite. El padre del novio
daba a la novia el dinero de la pedida para que fuera
afrontando algunos gastos del evento. Esta reunión
se celebraba con pastas, aguardiente y vino. La novia
solía dar al novio alguna prenda bordada, habitualmente
pañuelo o camisa. Tres domingos antes de las
nupcias, las amonestaciones en la iglesia. Cuando
se publicaba la segunda invitaban a los familiares
y amigos a lo que se llamaba “las enhorabuenas”
con pastas, dulces y vino. Este agasajo era pagado
a medias por la pareja.
Tres días de ritos: víspera, boda y
tornaboda, adobados con vino, las mayores exquisiteces
de la mesa tradicional de la comarca. Normalmente
los gastos de la boda corrían por cuenta del
padre de la novia. Y baile, mucho baile, al son de
la vihuela, pandereta y almirez. Las coplas de boda,
epitalamios, empezaban correctas:
La Virgen
de Piedraescrita
Tiene la ermita en un alto:
Gloria al Padre, Gloria al Hijo,
Gloria al Espíritu Santo.
Se calentaban
y volvían pícaras y licenciosas al compás
de la función:
Caballero
de alto rango,
templad vuestro serpentón
para tocar el fandango
a la bella Encarnación.
Que bonita
va la novia.
Cuanto tiempo espera el novio.
Hay que ver cómo se juntan.
Esto es cosa del demonio.
Mañanita,
mañanita,
mañanita San Ginés,
se casaron él y ella,
la cagaron ella y él.